
Llegó la noche, llegó al amanecer, llegó el mediodía y llegó el anochecer de un nuevo día, pero sus ojos no daban señal de existencia.
Ya había amanecido y como todos los días Mister T se hallaba inmerso en su propio mundo, una realidad más que fantástica, pero sin llegar a ser perfecta, extraordinaria, pero no imposible. Llena de colores y olores, viajes y travesuras. Simplemente, fuera de la imaginación de cualquier otra fruta o verdura en el refrigerador.
Estaba solo, absurdamente solitario en un rincón algo sucio y desgastado. Todos los demás lo miraban de una manera diferente. Comentaban, hablaban, parloteaban, murmuraban y callaban, que era lo que más consternaba el viejo tomate. No se podía decir que fuera odio, porque no lo conocían lo suficiente para odiarlo, tampoco envidia, pues quién en sus cinco sentidos podría envidiar la suerte de un tomate que se quedó ciego. Ellos sólo lo miraban. Él sólo pensaba, pensaba y esperaba. Esperaba esa hora del día en la que sus ojos vinieran a rescatarlo y regalarle esa luz que había perdido con el tiempo.
Mis ojos, como el tomate llamaba a su protectora, una chica, ese pequeño ser de voz tierna y dulce tacto que buscaba en un tomate la puerta hacia un torrente de emociones. Una chica que describía en palabras cuan retorcido estaba el mundo. Una chica que había escogido un tomate ciego para conversar. Una chica que había llamado Mister T a su fuente de inspiración.
Todas las tardes a eso de las cinco y media, Mister T salía de su ridículo hogar y, en compañía de sus ojos, se iba a un pequeño balcón en el octavo piso de un viejo edificio a disfrutar del atardecer. Aunque el tomate nunca pudo realmente llegar a ver como el sol perdía la batalla ante la imponente luna, sintió la esperanza verde, la brisa roja, el último rayo amarillo del sol, el frío blanco y un algo negro. El tomate esperaba todo el día para ese instante, en el que sus ojos le hablaban, no comentaban ni murmuraban, y él escuchaba atentamente, recreando en su mente pasiones traducidas en colores.
Fue así como aprendió que la esperanza era verde, pero maduraría y simplemente cambiaría; que el amor es rojo, delicado, tierno, inexplicable; que la desilusión era blanca como la neblina que se desvanece; que la tristeza es negra, y la nada es algo, y el vivo siente la muerte más que el mismo muerto; y finalmente que el pasado es amarillo y la vida no es más que olvidar y recordar.
Sí, él aprendió eso y mucho más. Pero esa tarde todo sería diferente. Sin colores, pero sí muchos sentimientos. El tomate espero a que ella llegara, pero nunca lo hizo. Él, no parecía extrañado ante los ojos de los otros, pero su corazón lleno de pepitas amarillas se revolvía y adormecía en pensamientos, preguntas y mariposas.
Llegó la noche, llegó al amanecer, llegó el mediodía y llegó el anochecer de un nuevo día, pero sus ojos no daban señal de existencia. Pronto rumores empezaron a correr, pero era la angustia la que se apoderaba de todos porque simplemente la puerta no había sido abierta en veintiséis horas. Llegó la noche, llegó al amanecer, llegó el mediodía y llegó el anochecer de otro nuevo día. Pronto la angustia se convirtió en llanto y el llanto en locura. 552 horas habían pasado desde que el tomate había perdido sus ojos, era el segundo par de ojos que extraviaba. La inhospita desesperación continuó, hasta que en unos de esos días que parecen noches la puerta se abrió. Todos atónitos, todos inconscientes. Dos manos se extendieron hasta alcanzar al decrepito tomate que ya se estaba ahogando en su miseria. Todos atónitos, todos inconscientes, no sabían lo que veían y el tomate… ciego. Esas no eran las manos de sus ojos, ni el olor de sus ojos, ni la voz de sus ojos. Una voz diferente susurraba entre sollozos palabras que el tomate no podía comprender. Pero lo que si entendió es que la esperanza ya no era verde, el amor ya no era rojo, la desilusión ya no era blanca, la tristeza ya no era negra, ni tampoco el pasado era amarillo. Todo se resumía en un solo color, un color que no podía mirar, un sentimiento que estaba viviendo pero que simplemente no podía entender. Sus ojos se habían ido. Y ya no podría alcanzarlos porque seguramente ya estaban muy lejos, arriba, en el cielo de los ojos. En cambio él estaba condenado a quedarse, y morir como mortal, simplemente permanecer en la desdicha de la realidad que rechazaba.
Mister T no sabía dónde estaba, o hacia donde se dirigía. Las manos lo llevaban entre lágrimas, lágrimas sin color. Ahora estaba más que ciego, estaba perdido, su corazón roto, su alma destruida. Sin saberlo ya sabía que no sentiría más a sus ojos, que las manos, la madre de sus ojos lloraban la muerte. De pronto el tomate, que ya estaba arrugado en su desesperación, fue posado en una superficie plana, era el balcón y era el atardecer. Las manos empezaron a hablar, su voz se quebraba y continuaba gimiendo. Y con palabras que se confundían con sirenas, las manos hablaron…